A la espera…Parte 1

En realidad no me dí cuenta del tiempo, fue como si alguien hubiese jugado con el reloj durante los instantes en que me aventuré a cerrar los ojos. La gente de los asientos cercanos lucía un alivio en la mirada; algunos pasajeros se tallaban el rostro para recuperar la cordura, otros se levantaban en busca de la salida por el estrecho sendero del avión. Desabroché mi cinturón y me quede junto al pasillo, con mi timidez excesiva y habitual, aguardando que algún otro caminante en un acto de suma cortesía me dejase unirme a la caravana de salida. Me quedé ahí, detenido, donde mi conciencia me dictó tres o cuatro buenas ideas para matar el tiempo hasta poder salir.

Era otro lugar desconocido. Desde que me levanté de mi viciado letargo, propiciado en parte por la falta de oxígeno en la cabina y el olor penetrante de la cafeína preparada durante el vuelo, llegar al siguiente sitio destinado para la espera y el descanso no representaba mayor problema. El camino era sólo uno: el pasillo tapizado en azul trazaba una calle entre la elegancia de los zapatos finos y los agudos tacones que dejaban sus heridas sobre la alfombra. No había puertas o salidas laterales; los pósters que daban colorido a las paredes no indicaban otra cosa que universos imaginados por publicistas, idealistas empeñados en su escenario de telenovela, en la ficción amigable colerizada con la tensión de las esperas y el innegable costo de los recuerdos.

A pesar de ello mi camino no se vio interrumpido por el peso de la realidad. Seguí por aquel elegante callejón entre los pensamientos de la gente y mis propios prejuicios. La acción monótona de los hombrecillos apostados en las paredes con sus chalecos fluorescentes señalaba una serie de asientos donde debía terminar la travesía. Fue entonces que la ví. Era de las tantas personas que caminaban por el mismo sendero que yo. Las ruedas de su maleta roja me señalaban una vía de recorrido rumbo a la sala donde debíamos germinar una infinidad de aburrimientos, un punto de espera y encuentro.

Me convencí entonces de necesitar un descanso sobre la incomodidad de la terminal, mientras que los demás caminantes hicieron lo mismo entre los lugares desocupados de la sala. Al contrario de nosotros, ella siguió caminando hasta un lugar apartado, casi al fondo de la sala, en una zona vacía y silenciosa.

Minutos después de estar acomodado entre aquel poderoso espectáculo, me percaté de lo conveniente del lugar; estaba repleto de pequeños expendios de felicidad,  comprobantes de viaje para los incrédulos y efímeros recuerdos para las mentes distraídas. Enormes letreros en verdes opacos anunciando el desquicio de un nuevo y alucinante sabor de café mentolado, promociones en coloridos carteles luciendo a payasos que reían amistosamente con el mágico placer de su éxtasis infantil.

Nos habían acorralado. Desde que bajamos del avión se habían encargado de arrastrarnos con escalofriante tranquilidad hacia un completo letargo aparentemente organizado. Los comercios colmados de ofertas, la gente charlando forzosamente y a código silencioso con familiares y amigos, algunos dormitando bajo el cinismo de sus pensamientos o deambulando con apatía entre los espacios vacíos que dejaba la conversación; otros más se escondían entre las tímidas páginas de un libro o en el placer de las líneas de algún diario nacional. Los publicistas con sus carteles y los hombrecillos en sus chalecos habían realizado su trabajo de forma perfecta. Lo noté, pero en todo caso no me importó; estaba demasiado perdido en entre el recuerdo de la maleta roja sujetada por las manos tibias y alargadas de aquella sirena que nos había conducido sin mayor ayuda que la visión de sus jeans desgarrados, el movimiento perfecto de sus caderas y el cruce de sus piernas, alargadas hasta el éxtasis y el paraíso, con su intención de seguir caminando,  con lo que era la mejor parte de un viaje tedioso, aburrido y a un destino por demás conocido y familiar.

A lo lejos, sosteniendo un libro, en realidad mí escudo de frialdad diseñado para esconder la vergüenza y falta de contacto con el género humano, percibí unos cuantos movimientos solitarios y tímidos de aquella maravillosa visión, asintiendo con la cabeza, deslizando sus dedos por el contorno de su teléfono celular. Parecían buenas noticias por la sonrisa expresada en el tono natural de sus labios. Por alguna razón no podía dejar de verla; no la conocía, mucho menos había hablado con ella o cruzado tan siquiera una mirada. Me mantenía sosteniendo mi libro, apoyándolo a mis piernas, cambiando las páginas sin siquiera leerlas en un esfuerzo inútil de estoicismo que nadie se empeñaba en percibir. “…Nunca lo hago a la buena de Dios, como casi todos lo hacen…” fue lo que alcancé a leer a toda prisa en una ocasión al sentirme descubierto en mi contemplación temerosa, a momentos indiscreta.

Mi negación hacia la realidad y mi permitido escape imaginario llenaban entonces la totalidad de mis pensamientos. Mientras que sus dedos se movían suavemente entre los minúsculos bordes del teléfono, yo me permitía un tenue espacio de huida infantil hacia los “quizás”, y los “tal vez”. Imaginaba con gran esmero todas las personalidades que podrían estar encerradas en ella. Era una chica estudiando en alguna otra parte del país ante el endeble e ilusorio permiso de sus padres, con quienes volvía para rendir explicaciones en unas cuantas semanas de vacaciones. Era además la imagen infantil y repleta de ternura de la nieta que visitaba a los abuelos después de risas, noches y besos de no verlos. Se trataba del retrato de una joven rebelde, dispuesta a disfrutar de la luz y arena de alguna playa o,  tal vez, se encontraba rumbo a la boda de algún familiar con el que sólo había compartido un “buenos días” hace más de veinte orgasmos y cuya visita flotaba entre los pretextos de un ritmo acelerado de soledad y caos. Su maleta encerraba un secreto disfrazado de sonrisa y terror, entonces agobiante de mi espera en solitario.

Su aparente fragilidad a la distancia me invitaba a llegar cada vez más lejos en un intento de auténtica diversión; las conversaciones ajenas a un costado de mi asiento con intenciones políticas o los gritos estresantes de los infantes para pedir juguetes, comida o baño eran enterrados por mi obsesión de fundir aquel rostro entre la monotonía gris de los demás pasajeros sin alma, sin corazón. Era la única a colores entre el silencio del blanco y negro de mí película, la que pedía el café negro y sin azúcar a la sobrecargo del avión, la que escuchaba a todo trapo y agitando su cabeza los tonos eléctricos de algún guitarrista olvidado, aún a pesar de las miradas desafiantes de los otros a lado suyo; era la que husmeaba entre el aburrimiento de las revistas del avión con sonrisa provocadora entre los cándidos reportajes de las estrellas de cine; era la chica que tomaba una prudente siesta antes del próximo anuncio inaudible desde la cabina principal.

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