A la espera Parte 2

Lo pensé en ese instante. Quizás había conseguido el mismo boleto que yo y se encontraba a la espera de la conexión a su destino. Mi obsesión se convirtió entonces en la certeza de una lógica profunda y severa. Nos faltaban las mismas horas para huir, el mismo estrés provocado por los gritos de los niños y el vapor chillón de la máquina de cappuccino, los mismos pasos por encima de la alfombra del pasillo, la idéntica sensación de trinchera sobre los reconfortantes asientos del avión. Era el destino; en cuanto se anunciara la partida del vuelo 203, muchas personas se levantarían con una sonrisa en el rostro casi programada desde que sostuvieron en sus manos aquel boleto impreso con su nombre, el destino y la hora de salida; llevarían consigo todas sus pertenencias, noticias, recuerdos y sueños interrumpidos hacia la próxima fila de asientos; intentarían dejar atrás a los otros pasajeros, retándolos con el sonido de sus maletas a unirse a la competencia, sólo para abordar hasta el final debido a un formal acomodo de los clientes frecuentes y la primera clase. Mi asiento estaba marcado entre las primeras líneas de la clase turista, así que sería de los últimos en abordar; tomaría las cosas con calma. Me conduciría pacientemente y hasta el final de la fila, ya que no tendría sentido correr a otra larga y aburrida espera. Ella avanzaría a paso lento, más que por una lógica conformista, por el obligado jugueteo entre sus maletas y el impaciente celular, que continuaba vibrando. Llegaríamos al mismo sitio, nos veríamos de prisa y tal vez uno de los dos mostraría el nerviosismo en su sonrisa. La sobrecargo nos daría amablemente la bienvenida al vuelo mientras que sus manos destrozarían con rudeza el boleto que hasta entonces habíamos celado tanto de las arrugas y la suciedad. Nos desplazaríamos en lenta procesión y agradeciendo a regañadientes, mientras que nuestros pies esconderían las minúsculas luces blancas del suelo, reservadas a iluminar el túnel entre la terminal y la puerta del titánico transporte, el último contacto con tierra durante las próximas horas.

Una vez en el interior del avión llegaríamos al mismo conjunto de asientos; los dos, distraídos y un tanto atolondrados por el ruido terminaríamos por encontrarnos. Su intento tímido por acomodar su equipaje me obligaría a ayudarla, otorgándonos el primer “Hola” del viaje. Al inicio nos sentaríamos en silencio, buscando a toda costa algún distractor que borrara la incomodidad del instante y nos hiciera parecer ocupados y vanidosos, pero solo hasta el despegue, donde la vista en miniatura de la ciudad nos dejara espacio para entablar una conversación extraña, pasando primero por todos los lugares comunes de nuestra travesía; hablaríamos de los motivos del viaje, sobre nuestros cantantes favoritos y la intensidad de sus conciertos, nuestras carreras, el trabajo, incluso de los lazos agrietados y confusos de la familia que extrañábamos tanto. Al cabo de unas cuantas muecas charlaríamos como los viejos conocidos que disfrutan de su compañía entre sorbos de café y afirmaciones sobre el acontecer de los viajes, de las esperas interminables y los costos elevados de los vuelos.

Todo estaba en mi cabeza perfectamente pensado; sólo esperaba el momento en que se anunciara la salida de vuelo. Verla ahora era la tortura de no tenerla de frente, de pensar si había puesto el rostro con las pestañas, las cejas y las arrugas en el lugar correcto; si al menos aquella que se encontraba a la distancia correspondía a la complejidad que me había esforzado en construir, si sus ojos tenían el verde fresco del césped recién sacudido por la lluvia o el marrón fuerte y trabajado de la arcilla; editaba el tono de su voz al imaginarla en sus anécdotas, la inventaba cuando mencionaba su canción favorita y al suspirar con tono quebrantado por describir el carácter de su madre. Simulaba los movimientos entre los pliegues de su ropa ante la soltura de sus manos cálidas y alargadas; respiraba su fragancia tantas veces mezclada entre mis recuerdos, despedida por la fricción de  su cabello con el choque invisible del aire. Luché un millón de veces contra la decepción de la realidad, esa que despierta de golpe y de manera insólita, sin tocar a la puerta.

No quería moverme; tenía la sensación de que todo se desvanecería súbitamente si no mantenía una mirada puntual y vigilante. Me carcomía el terror de pensar en ir al baño o ser vencido por el letrero verde opaco del café, ése que hasta entonces había odiado tanto por el ruido agudo del vapor; no tenía la intención de salir de ahí más que al seguimiento leal de mis conjeturas. Ella era la misma; me parecía la misma estampa, aquella que caminó por los pasillos y se posó en uno de los asientos sombríos de la sala, entre los comercios antiguos y olvidados en eterna espera.

“Pasajeros del vuelo 347, con destino a Córdoba, abordar por la puerta número doce. Pasajeros del vuelo 347, con destino a Córdoba, abordar por la puerta número doce”.

Las palabras despedidas por el altavoz y que apenas se entendían no hicieron el eco esperado por los apenas seis pasajeros que se levantaron apresurados, huyendo entre miradas denunciantes, disfrazadas de indolencia  y apatía por la gran mayoría aún sentada y a la espera de su turno. Algunos sonrieron y bromearon con sus cercanos, reflejando la impaciencia en sus palabras de aliento; los más experimentados ni siquiera abrieron los ojos con la noticia. Yo me quedé quieto, el llamado no era para mí. Al mirar mi reloj noté que aún faltaban unas cuantas horas para sentirme libre. Lentamente y con un movimiento tímido me acomodé en el asiento y ajusté de nuevo la posición del libro, en la pierna que aun sentía como mía, sólo para leer la misma línea de siempre, la que ya se había hecho un espacio en mi memoria.

Entonces, algo fue diferente. Cambiaba.

Con dolor, con una puntada en el pecho repleta de miedo y decepción fijé mis ojos en ella. Había pasado de una postura estática a un diestro movimiento para tomar su maleta roja y salir. Se levantó con la misma tranquilidad con que la imaginé moverse, con el mismo paso lento y torpe por el roce de su maleta y el jugueteo molesto del celular. Su rostro no se compadeció de los demás viajeros que aguardaban un llamado; continuó hacia el pasillo que la conduciría a la puerta número doce. Se alejó hasta que poco a poco todos se olvidaron de ella; la chica sentada a la orilla de la sala entre la oscuridad de algunos locales cerrados; la que jugaba con celular, la del cabello largo y los jeans rotos, la de allá.

Sentí como si alguien continuase jugando con el reloj de mi traslado; así como me había salido del avión, momentos antes de sentarme en la sala entre los demás pasajeros y mi propia marcha, tomé mis cosas, me levanté y recorrí unos cuantos pasos, avergonzado por mi propio delirio y sonriendo con la inocencia del que se percata de su estupidez, como el que cae al suelo y se divierte al saberse solitario.

-“Dame un café por favor”,- le dije a la chica que atendía con una brillante sonrisa exigida para todo el que se acercara. Mientras me ofrecía las múltiples promociones del día me dediqué a realizar un conteo mental de las bolsitas de azúcar, acomodadas entre las bandejas del aparador. Respondí con una negativa amable a sus peticiones y volví a mi asiento después de pagar mi bebida, pensando que tendría que saber a gloria por el precio tan elevado de la espera.

Tomé de nuevo mi libro viejo y arrugado, cuidando abrirlo en la misma página, sobre la misma frase, bajo el mismo gesto sonriente y bobo, el único que me quedaba después de un desperdicio inútil de caprichoso encanto, junto al asfixiante aroma del café mentolado. “…Nunca lo hago a la buena de Dios, como casi todos lo hacen…”.

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