Ventanas

La buscaban porque sabía escuchar. Cuando los atormentados llegaban, ella se sentaba en silencio a escuchar, a observar como de sus bocas caían los problemas y se derramaban en el suelo, vertiendo fragmentos de rabia y trozos de angustia por todos lados. Cuando terminaban de hablar, ella tomaba las palabras del suelo y las torcía hasta que sonaran diferente; tiraba los acentos, cambiaba el acomodo de las comas y algunas veces, incluso quitaba una que otra palabra completa, inservible, sin sentido, sin alma. La gente salía tan aliviada de su casa que olvidaban sus palabras tiradas por el suelo, palabras que ella usaba como leña para calentarse durante el invierno.

Un día ella tuvo un problema. Pensó durante seis noches cómo resolverlo, pero las letras nunca se quedaron quietas en su mente y no las pudo acomodar. Salió de su casa en busca de una persona que pudiera acomodarlas por ella, pero la gente pasaba sin escuchar. En la tarde, al volver a casa chocó con un hombre que intentó ayudarla, pero entonces las palabras no quisieron salir de su boca.

Cuando llegó a su casa encontró a una mujer parada en medio de la sala. De pronto las palabras comenzaron a salir de sus labios tan rápido que se atropellaron unas a otras, amontonándose frente a los pies de aquella mujer una enorme montaña de letras. La mujer frente a ella separó aquel montón para intentar acomodarlo en palabras, pero no pudo darle una respuesta. No tenía sentido. Era como hablar frente al espejo.

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