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CATÁLOGO DE RECUERDOS II: (La inmortalidad)

Imagine que no muramos: que el corazón lata eterno, que la sangre transitoria fluya interminable, que el oxígeno le baste. Imagine las venas infinitas,  y el eco infinito en su cráneo desdibujando los días. Imagine el reflejo de cuatro millones de amaneceres anidados bajo sus párpados, resguardándose del olvido bajo el paragüas de sus pestañas. Imagine los árboles kilométricos de su patio, aquellos que inventó cuando tenía 5 años y pintaba con semillas. Imagine que cubren la casa donde creció y que ya no se ve la pintura roja de los muros, que las calles no tienen nombre, que han sido rebautizadas a la enésima potencia y ya no se acuerdan de usted. Imagine que en las lápidas ya no se encuentra su apellido, que se fué arrastrado por las mareas genealógicas, que ahora cualquier tipo en la calle puede ser su tátara tátara nieto, y que usted sigue aún recordando su propio nombre. Imagine que le falten ceros en la fecha, (y los demás números se traban) y que se siguen apilando, imagine la montaña de ceros acumulada en su cuarto porque ya no importan. Imagine el peso de sus pasos, con memoria amontonada, imagine lo profundo de su huella en el concreto que pisa con el ímpetu de diezmil años. Imagine el charco que se anida en su huella cada vez que llueve del cielo que desteñimos, y el microcosmos que lleva dentro, imagine cuantas vidas crea mientras pisa el suelo. Imagine que no muramos, quién sea, y que nos comamos las playas. Imagine que no muramos y que yo no pueda verlo a usted en su punto, que su punto sea fugado, imagine que no pueda acordarme de usted porque siempre está en todos lados. Imagine que no muramos y que los minutos se deslaven, que los mares y vientos hayan ya cubierto todas las direcciones, que todo concepto se eroda y que en el púlpito de su mente eterna solo exista la masa homogénea del todo. Imagine que al pasar los años de su primera racha de inmortalidad, ya los amores sean iguales uno al otro, que se repartan por los siglos de los siglos hasta que ya no tengan nombre, imagine que el amor sea de la inmortalidad solo un síndrome redundante. Imagine que hace milenos usted me haya conocido, y que hace milenios me ha deshechado. Imagínese que no muramos, que pase el maldito tiempo y no muramos. Imagínese usted que el tiempo es cobre, yo se que me voy a acabar. Imaginese que no muramos y que perdamos esa oportunidad.

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