Reflexión paranoica: Planeando para Peatones de Jan Gehl

 

   Hace unos meses ya, desde nuestra capsula personal, hablaba con alguien sobre la evidente presencia del “futuro” en nuestras vidas. Las películas nos hablan de robots y naves, no es justamente eso lo que controlamos todos los días en las calles y carreteras? Máquinas moviéndose a nuestra voluntad, y a veces ni tanto. No es justamente esa capsula que nos separa del mundo exterior una bomba también? No montamos en una bomba con 4 ruedas, a velocidades extremas, indiferentes al hecho de que todo los días somos fácilmente asesinos o victimas en potencia? No deberíamos ir muertos de miedo todos los días, en las carreteras, conscientes de que el más ligero movimiento puede romper la línea entre vida y muerte?

Aparte del peligro evidente, el aislamiento inconsciente en el que vamos todos, (“ahorrando” tiempo), me recuerda un poco a Momo de Michael Ende. Todo el tiempo que “ahorramos” en llegar más rápido a lugares, dónde queda? En qué usamos la vida extra que supuestamente guardamos para luego? Realmente es aprovechada, o es tiempo cancelado en cuanto subimos al carro? A dónde se va? Las ciudades modernas son un claro ejemplo de tiempo muerto, tiempo olvidado, tiempo desperdiciado, por mas que quisiéramos afirmar lo contrario. Las calles hechas de materia gris en reposo, pudriéndose encapsulada. No necesitamos agentes del tiempo que nos estafen, nosotros mismos atropellamos nuestros minutos contra el cemento. El peatón es dueño de su tránsito, sus minutos están llenos de experiencia directa. Nosotros solo observamos a través de una pantalla de cristal, como animales en jaulas móviles. Protección o cárcel? Es irónico que compremos el concepto de libertad como rapidez y velocidad, y nos enchufamos a la competencia sin preguntar, pagando gustosamente 24 meses con intereses.

Es difícil encontrar el balance entre el avance tecnológico y la digestión de la vida. Hace tiempo que borramos la línea divisoria.

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